¿Por qué celebramos San Isidro el día 15 de Mayo?

Reflexiones sobre la idoneidad de ajustar el calendario festivo a la realidad

Uno de los frescos que adornan el interior de la ermita.
APUNTE HISTÓRICO Y ACTUAL

La fiesta de San Isidro fue instituida en el decreto pontificio de beatificación expedido por Paulo V en 1619: "perpetuamente concedemos y hacemos gracia que el dicho Isidro labrador pueda llamarse Beato, y que de él, como de beatificado, a quince días del mes de mayo (en el cual día se celebrará la fiesta de la traslación) se pueda rezar oficio..." Esta decisión fue ratificada tres años después en la bula de canonización de Gregorio XV, aunque no fue expedida hasta 1724. El papa Gregorio también santificó entonces a Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola y Francisco de Javier. San Isidro estuvo, pues, muy bien acompañado en su ascenso a los altares con aquellos tres religiosos de nuestro brillante siglo XVI, si bien su proceso fue el más largo y tardío de todos.

La trayectoria vital de Isidro, en efecto, se sitúa temporalmente a caballo entre los siglos XI y XII. Nació en el seno de una familia mozárabe en una villa recién conquistada por los cristianos a los musulmanes, de unos dos mil habitantes, consagrados en su gran mayoría al trabajo en el campo: Madrid. Isidro fue pocero y labrador, más exactamente jornalero, pues no tenía tierras propias y se hallaba habitualmente al servicio de un rico propietario, Juan de Vargas. Protagonizó a lo largo de su, al parecer, dilatada existencia, hechos sorprendentes que posteriormente el pueblo interpretó como milagros. Con su aguijada lograba que el agua brotase cuando más se necesitaba (era un experto zahorí), daba de comer a los pájaros sin que mermase por ello su saco de grano, lograba adelantar a los demás en el trabajo del arado a pesar del mucho tiempo que invertía en la oración, recorriéndose todas las iglesias de Madrid, daba de comer a los pobres sin que se resintiera la olla y conseguía que los lobos no devorasen a su montura aún teniéndola a su alcance.

Sin embargo, no existe documentación coetánea a los hechos que proporcionen al historiador datos certeros sobre estas actuaciones, ni tampoco sobre la biografía del santo labrador. La primera obra sobre su vida y milagros no apareció hasta por lo menos cien años después de su muerte: el Códice de Juan Gil de Zamora, escrito hacia el año 1275 a partir de testimonios orales que de ninguna forma pueden considerarse fuentes primarias contrastables. El autor no da fechas de su nacimiento ni de su muerte, y hace escasísima mención de su esposa (la que sería conocida como María Toribia, canonizada como Santa María de la Cabeza) e hijo (Illán), de los que ni siquiera facilita sus nombres. La relación de sus milagros es, además, bastante escueta. Es habitual leer en la abundante bibliografía sobre San Isidro que éste fue aclamado como santo en vida, pero no creemos que esto se ajuste a la verdad. ¿Cómo si no se explica que fuese enterrado en el cementerio de San Andrés, lugar destinado a los pobres y marginados, y no en el interior de la parroquia? ¿y que su sepultura permaneciese en el más absoluto olvido durante muchos años? A los santos no se les trata así. Pero dos hechos acaecidos en 1212 vindicaron su figura: el descubrimiento casual de su cuerpo incorrupto y fragante y el testimonio de que el rey Alfonso VIII contó con su ayuda (transfigurado como pastor) en la decisiva victoria de las Navas de Tolosa.

Trasladados ese mismo año sus restos al interior de la parroquia, comienza entonces a manifestarse la devoción del pueblo madrileño hacia Isidro el labriego y el interés de los reyes por elevarle a la máxima categoría celestial. Razones no faltaban para ello: si la aparición en Compostela de los presuntos restos del apóstol Santiago en los inicios de la Reconquista fue un revulsivo fenomenal para los cristianos en su lucha contra los mahometanos, el descubrimiento de un nuevo santo en los momentos más delicados de esta cruzada, cuando los almorávides amenazaban con reconstruir el antiguo califato cordobés, fue igualmente una bendición para la causa. Además, Isidro ofrecía un perfil muy interesante para atraer a las masas: no era mártir, ni religioso, ni eremita, ni teólogo de reconocido prestigio, como la mayoría de los santos, esos santos lejanos y desconocidos para una población muy cristiana pero también analfabeta, sino un humilde campesino de vida ejemplar, casado y con descendencia, solidario con los más desfavorecidos, cofrade y asiduo a todos los templos madrileños. Un candidato a santo que era cercano, familiar y, sobre todo, labriego, como la gran mayoría de sus paisanos. Según cálculos efectuados por Carlos Ros en su Vida de San Isidro Labrador (1993), el 93% del santoral lo conforman religiosos marcados por su vida célibe y consagrada, por lo que Isidro, el primer laico en subir a los altares tras un proceso canónico, pertenece a ese otro 7% que fueron santificados gracias a su trabajo cotidiano. No es poco mérito.

En la Edad Media, sin embargo, los procesos canónicos no estaban aún completamente regularizados. La frontera entre santos oficiales y oficiosos era más que tenue, si es que existía. La santificación se alcanzaba por aclamación popular y el beneplácito de la autoridad religiosa local; aun así, había que refinar y sistematizar por escrito las aportaciones de los testimonios orales transmitidos de una a otra generación para que la superioridad eclesiástica consintiera el culto al nuevo santo en las iglesias. En este contexto se escribe el ya mencionado Códice de Gil de Zamora, cuyo original se depositó en el arca que cobijó durante siglos el cuerpo del labrador, decorada con dibujos alusivos a sus milagros, a fin de que no se perdiera nunca la memoria de éstos. Y después aparecerán otras obras que, sin citar más fuentes que la tradición popular, complementarán sin ahorrar detalle su biografía y hechos extraordinarios. Comienza, pues, la invención de San Isidro. Así, por ejemplo, se pone fecha concreta a su nacimiento y a su muerte, con noventa años, se establece su itinerario vital y laboral en el entorno madrileño, su mujer e hijo son dotados de vida propia, se añaden nuevos datos a los "modestos milagros" narrados en el Códice (entre ellos la intervención de los ángeles portando los arados, tal y como se refleja en los frescos de la ermita de San Isidro de Fuente de Cantos) y se adicionan otros muchos. Su fama atrajo hacia su sepultura a ciegos, sordos, cojos, locos, tullidos y enfermos de variada condición, entre los que no faltaron miembros de la casa real. En total, se le atribuyen más de cuatrocientos milagros, si bien su "especialidad", como no podía ser otra, fue conseguir que lloviera. Las exitosas rogativas por el agua convirtieron desde muy temprano a San Isidro en patrón de los labradores, que no es sino otro acto de aclamación popular, puesto que la institución pontificia de este patronato no se produjo hasta 1960 (bula Agriculturam de Juan XXIII).

Isidro fue, por tanto, durante cuatrocientos años, un santo "sin papeles", tal y como le llama Emilio Guerra Chavarino en su libro Historia y leyenda de San Isidro (2001). Tras el Concilio de Trento (1545-1563), la Iglesia se propuso reformar sus costumbres y nuevas reglamentaciones suplieron a los antiguos procedimientos. Así, el pontífice se arrogó la exclusividad en las declaraciones de santidad, lo que obligó a regularizar la situación del culto al más célebre de los labradores. El proceso se inicia en 1584 y no concluye hasta 1619. Fue necesaria la confección de un voluminoso expediente donde se explicase con claridad quién había sido Isidro y qué hubo de extraordinario en su existencia. Si con anterioridad las historias populares habían sido suficientes para que el pueblo le encumbrase, ahora hacía falta algo mucho más sólido para concurrir al circunspecto escrutinio de la Santa Sede. Se produce, por tanto, una reinvención de San Isidro, con nuevas indagaciones que completan y reforman su vida y milagros, contándose para ello con la inestimable ayuda del dominico fray Domingo de Mendoza, y por supuesto con el apoyo de los reyes Felipe II y Felipe III. Madrid ya no era la modesta villa agrícola medieval a la greña con los almorávides, sino la capital de un extenso imperio. Y aunque los labriegos ya no eran el alma de la ciudad, ésta seguía implorando a la intervención divina para consolidar su liderazgo y su reputación en todo el mundo. Isidro tenía que ser santo a cualquier precio. Y el papa, consciente del papel que jugaba la monarquía hispánica en la defensa de una catolicidad amenazada por el protestantismo, no podía negarse a ello. A fin de cuentas, tampoco iba a ser una excepción en el santoral la incorporación de un nuevo miembro con orígenes algo oscuros y milagros no suficientemente contrastados. La fe, como bien se dice, y también la política, mueve montañas.

¿Pero por qué el papa estableció la festividad de San Isidro el 15 de mayo? No coincide con las fechas atribuidas (más bien inventadas, como hemos dejado entrever) a su nacimiento, matrimonio o deceso, ni con el día en que fue expedido el propio decreto de beatificación (14 de junio). No coincide con ningún acontecimiento singular en su vida, si bien es posible que en el expediente de canonización, donde era preciso establecer hechos sólidos y coherentes, así como evitar sombras que dificultasen la feliz resolución del proceso, se deslizase esa fecha como la de su muerte. De hecho, en algunas obras, como la Historia de las fiestas de la Iglesia y el fin con que han sido establecidas, traducida del francés al castellano por Joaquín Castellot en 1788, se dice que Isidro falleció el 15 de mayo de 1130. También aparece en la actualidad esa fecha en varias biografías colgadas en internet. Sin embargo, en el decreto de 1619, el Papa dispone que en tal día se celebrará "la fiesta de la traslación". Puede referirse con ello, más que a su muerte, a la procesión que en 1212 trasladó el cuerpo de Isidro al interior de la iglesia de San Andrés. Para la Iglesia tiene una importancia capital la traslación solemne de las reliquias de santos, o de futuros santos, puesto que rememora los primeros siglos del cristianismo, los de las persecuciones, cuando los mártires se resignaban a recibir una sepultura clandestina hasta tanto pudieran ser llevados a lugar sagrado. En cualquier caso, si el papa quiso conmemorar la muerte de Isidro o la traslación de su cuerpo estableciendo en concordancia el 15 de mayo, se equivocaba de plano, pues no existe constancia fundada de que tales cosas, o al menos una de ellas, hubieran sucedido aquel día.

La fecha, desde luego, puede ser infundada, pero no arbitraria ni casual. Lo lógico es pensar que el pontífice quiso adaptarse a las circunstancias, y esto es un hecho fundamental porque en la actualidad tampoco vendría mal un poco de pragmatismo a la hora de celebrar su festividad. Ya hemos indicado que la devoción a nuestro Isidro es muy anterior a su beatificación; una de sus manifestaciones era la romería que reunía a los madrileños en torno a la capilla (luego ermita) consagrada a su memoria, justo donde hizo brotar una fuente de aguas medicinales, en las tierras de los Vargas que labró en compañía de bueyes y, quién sabe, de ángeles. Aunque no falta quien remonta los orígenes de la primera romería de San Isidro a los años inmediatos a su muerte, lo cierto es que sólo está plenamente documentada a partir de 1575. Organizada por la ancestral Arhicofradía Sacramental de San Andrés, a la que se cree perteneció el propio Isidro, se celebraba en el mes de mayo, pero no en una fecha fija (Pedro Montoliú: Fiestas y tradiciones madrileñas, 1990). Por tanto, el pontífice pudo haber elegido el día central del mes a sabiendas de que en torno a éste se organizaba la festividad romera, amoldándose a lo que ya existía y renunciando a introducir novedades que perturbasen la tradición popular. Por otra parte, no existían fechas más propicias que las centrales del mes de mayo para acordarse de San Isidro, con las cosechas a punto de lograrse, pero también de desgraciarse si los elementos eran adversos.

Con este recorrido histórico hemos pretendido demostrar que al santo labrador, sin merma de la sincera devoción de la que ha sido siempre objeto, se le ha utilizado tradicionalmente por el común de los madrileños, desde la realeza hasta los más humildes campesinos, para sus propias utilidades, contando para esta función con el apoyo de la autoridad eclesiástica (aunque a rastras de los acontecimientos) en los momentos decisivos. De ahí la santificación por el papa de quien ya era considerado santo, y la fijación de su festividad en fechas en las que ya se le festejaba. En palabras de los doctores Tomás Puñal y José María Sánchez, "fue santo por canonización popular ... La voz del pueblo era la voz de Dios" (San Isidro de Madrid. Un trabajador universal, 2000). Por lo tanto, siendo el pueblo el sujeto principal del culto a Isidro, y siendo este culto un ejercicio permanente a lo largo del año, como lo es el trabajo en el campo, sin sujetarse por necesidad a días concretos, nos preguntamos ¿qué importancia puede tener la fecha canónica del 15 de mayo, considerando que la misma no está ligada a episodios fidedignos de la vida de nuestro personaje?

Pues creemos que poca. Además, el 15 de mayo no es sólo el día de San Isidro, ya que el santoral católico también aloja en esa misma jornada por lo menos a otros once santos y beatos: Andrés Abellón, San Aquileo Taumaturgo, San Caleb, Santa Dympna, Santa Juana de Lestonnac, San Reticio de Autún, San Ruperto de Bingen, San Severino de Septempeda, San Simplicio de Cerdeña, San Torcuato y San Witesindo de Córdoba, nueve de los cuales son más antiguos que nuestro santo. Casi todos fueron mártires y de la existencia real de algunos de ellos existen bastantes dudas. Por otra parte, no en todo el mundo se celebra a Isidro el 15 de mayo: en las diócesis de Estados Unidos, donde fue declarado patrón de la Conferencia Nacional de la Vida Rural a instancias del papa Pío XII, se hace el 22 de marzo; en Filipinas, el 14 de mayo; y en el barrio de Carabanchel, en cuyos campos laboró durante muchos años, su procesión sale el 25 de julio.

No se trata de dilucidar si hay que celebrar o no San Isidro desde una perspectiva religiosa el 15 de mayo. La fiesta está instituida para ese día, con mayor o menor fundamento, desde 1619 y no hay más que añadir. Otra cosa es si la Hermandad de San Isidro de Fuente de Cantos tiene que hacer gravitar la romería (religiosa en su origen, pero claramente profana en la actualidad) necesariamente en torno a esa fecha, y si el Ayuntamiento de Fuente de Cantos, en el contexto de un Estado laico, tiene que declararla festiva. La tendencia actual, en España y en toda Europa, es trasladar los festivos que caen entre semana hacia el viernes o el lunes y de esta forma crear una agrupación de días feriados (o sea, un puente) que beneficie al común de los vecinos y perjudique lo menos posible al tejido productivo, al calendario escolar, etc. El gobierno actual de la nación, recordemos, se decanta por la traslación al lunes, aunque todavía no ha hecho efectiva la medida. Hay festivos, sin embargo, que no pueden trasladarse sin que pierdan su significado intrínseco: tal ocurre con el 12 de octubre, fiesta nacional de España, que conmemora la llegada de Colón a América tal día de 1492. O el 6 de diciembre, día de la Constitución (aprobada el 6 de diciembre de 1978). Absurdo sería igualmente cambiar por otra fecha el Jueves Santo, el Viernes Santo o el Año Nuevo, pues entonces dejarían de ser lo que son. No tiene mucho fundamento histórico creer que Jesús nació un 25 de diciembre o que los Reyes Magos llegaron al portal de Belén un 6 de enero, pero tampoco es cuestión de suprimir por las buenas siglos de tradición cristiana y familiar. Menos problemas conllevaría mover, si conviniese, el 15 de agosto o el 8 de septiembre, pero la primera es fiesta nacional y la segunda regional, por lo que escapa a nuestro debate. Por otra parte, las fiestas de jubileo y las patronales se desarrollan en la población, en fechas no lectivas, y su disfrute puede hacerse más o menos compatible con la vida cotidiana. La romería no.

Lo normal, si nos asomamos a nuestro entorno, ha sido adecuar el calendario festivo a los intereses reales de la población, verdadera protagonista de la fiesta. Puede haber muchas cosas discutibles, pero ninguna como el hecho de que entre el viernes y el domingo se congrega un mayor número de personas y que se beneficia directamente a los visitantes y a los nativos que vivan o trabajen en otras localidades. Esto es lo fundamental y todo lo demás accesorio. Si, como decíamos antes, "la voz del pueblo era la voz de Dios" qué menos que lo sea también la de sus gobernantes. Así lo han entendido en las más afamadas ferias del país, arrimando sus actos centrales al fin de semana, como en Sevilla o en Valencia. Qué decir también del Rocío. O sin ir mucho más lejos, Zafra, la feria de San Miguel, la mayor de Extremadura. San Miguel se conmemora el 29 de septiembre, pero la feria en 2012 se ha establecido entre el 4 y el 10 de octubre. ¿El motivo? Muy sencillo: los vecinos han pedido que se eviten las fechas finales de mes porque el bolsillo no está entonces para muchos dispendios. Ejemplo supremo de pragmatismo del que con toda seguridad no se va a resentir la feria. Otro ejemplo lo tenemos en la fiesta del Corpus. ¿Ha pasado algo irremediable por el hecho de que la procesión se haya trasladado del jueves al domingo siguiente? Nada, es más, ha salido ganando en participación y brillantez.

Está claro que hay que adaptarse a las exigencias de los tiempos, y más si estos son tan difíciles como los actuales, en los que resulta contraproducente torturar el calendario bajo el pretexto de honrar debidamente a San Isidro, de resultas de lo cual se nos ofrecen romerías de una duración absurda que invitan a muchos vecinos a echar cuentas y cambiar la pradera por la playa o quedarse directamente en casa. A ello ha contribuido el señalar como segundo festivo local el día 16 de mayo de forma sistemática, cuando esta otra prerrogativa municipal debería haber funcionado como comodín para ajustar la fiesta al fin de semana. Ya sabemos que cada uno puede ir los días que desee, pero esta actitud equivale a asimilar nuestra romería a un plato de lentejas, las tomas o las dejas. Se rompe así el principio básico de todo festejo, cual es lograr esencialmente la participación popular y velar por el sentimiento de comunidad, que desaparece en cuanto se parcela y disemina la concurrencia. Por más que miro el calendario de festejos de este año del Ayuntamiento de la más isidrera de todas las ciudades, Madrid, y la programación de actos litúrgicos de la Real, Muy Ilustre y Primitiva Congregación de San Isidro de Naturales de Madrid, la madre de todas las hermandades isidriles, no veo en ellos nada programado para el día 16 de mayo. En Madrid no piensan, como aquí, que es un desdoro al santo concluir los actos el día 15.

El Ayuntamiento de Fuente de Cantos debe oír indubitablemente a la Hermandad de San Isidro a la hora de establecer las dos festividades locales, pues aquella le hace un tremendo favor, a todos nos lo hace, organizando la romería. Pero también debe hacerse intérprete de los intereses de la población y consultar al tejido asociativo, empresarial y educativo. La Historia nos enseña que el calendario es una invención humana, elaborado para acomodarse a sus utilidades. Nada nos obliga, pues, a ser esclavos de las fechas.