Julián González, el artista de las 'maos habeis', dona 27 de sus esculturas para un museo

Julián González, el artista de las 'maos habeis', dona 27 de sus esculturas para un museo

  • Emigrado a Brasil hace 54 años, se ha consagrado como empresario y escultor, y ha decidido que su localidad natal cuenta con una muestra de su obra. El museo se inaugurará a finales de febrero

Recién inaugurado el año 1963, Julián González decidió plasmar la idea que le rondaba: marcharse, pero no a cualquier sitio: a Brasil. Trabajaba en Fuente de Cantos en el negocio familiar, una pequeña carpintería creada por su padre, Jesús, dedicada al mueble de calidad y también a la elaboración de esculturas en madera. Julián había destacado desde muy joven en esta faceta artística. Tanto es así que siendo aún un niño esculpió un pequeño Cristo Crucificado, y al ver su padre que tenía, nunca mejor dicho, madera de artista, le regaló un libro con las técnicas del inmortal Miguel Ángel Buonarroti “para que aprendiese las proporciones y la anatomía”.

A su padre, la idea de que su hijo, el mayor de siete hermanos (cinco hombres y dos mujeres) se marchase con solo 23 años y sin saber adónde iba en realidad, no le hizo ninguna gracia. Tanto es así que envió al gobierno franquista una talla del papa Juan XXIII realizada años antes por Julián, indicando que, si no se hacía algo, este prometedor artista español tendría que marcharse. Logró que las autoridades del régimen le concediesen una beca, pero eso no disuadió a Julián.

El ambiente de aquella España, y el hecho de que el negocio familiar, con ser próspero, no podría dar de comer a tantos hermanos, se impusieron. ¿Por qué Brasil y no, por ejemplo, Alemania o Francia, destinos de la emigración extremeña de entonces? “Me sonaba a país nuevo, de aventura, de futuro, de oportunidades”. Así que, con una maleta con algunas herramientas, otra con algunos trozos de madera y una mochila con ropa y el poco dinero que había logrado ahorrar, se embarcó. Tras una travesía en barco de 14 días “que se me hicieron años”, desembarca en Rio de Janeiro, y su espíritu aventurero choca con la realidad: no conoce el idioma “y además, fíjate la idea que yo tenía de a dónde iba que llegue todo abrigado, cuando allí era verano”, comenta entre risas, y añade: “por poco me asfixio, pero no podía dejar nada ni soltar las maletas por temor a que me robasen”.

Pronto se rehace y pregunta “si no hay un lugar más fresquito”, y le dirigen a Sao Paulo. “Cogí el autobús y me fui allá”. Recala en Riacho Grande, barrio de Sao Bernardo do Campo, una ciudad de casi un millón de habitantes en el Estado de Sao Paulo. Allí contacta con un jesuita madrileño que reside en la zona más humilde, y que le ofrece como alojamiento provisional, paradojas de la vida, un destartalado taller de carpintería casi en ruinas.

“Hice de todo, vendí ropa casa por casa para un italiano que luego no me pagó; tallaba figuras de madera con motivos étnicos de la tradición brasileña, que vendía en los mercadillos… mil veces me arrepentí y estuve por volver, pero siempre me daba una semana más para pensarlo”. No solo no se vuelve, sino que llama a su hermano Manolo para, entre los dos, montar un taller de muebles. “Le engañé”, señala con una sonrisa pícara, “le dije que aquí me iba muy bien, y el pobre, cuando llegó y vio lo que había, se quería volver”. Asiente Manolo, presente en la conversación.

Juntos comienzan a fabricar muebles de lujo para las familias pudientes de Sao Paulo: “cuando había encargos, hacíamos muebles; cuando no, esculturas. Lo que diese dinero en ese momento”.

Su trabajo es tan apreciado que ya en 1966, el diario Folha do Santiago, el más importante de la ciudad, titula en la portada del 20 de marzo: “Trabalhos de alto valor artístico sao esculpidos em madeira por maos habeis”.

Pero, antes, Julián ha cumplido con un compromiso vital. Al marcharse deja en Fuente de Cantos a su novia Margarita, con la que quiere casarse. Llevar a Margarita a Brasil y casarse allí acarrea grandes complicaciones burocráticas, así que deciden casarse por poderes. Es el 8 de septiembre de 1963, día de La Hermosa, patrona local. Fue todo un acontecimiento en el pueblo, que nunca había visto una boda por poderes. Margarita recuerda el día con gran cariño: “Mi suegro, que hizo las veces de novio, se portó estupendamente, y me dejó celebrar una gran fiesta que éste (Julián) seguramente no hubiera aceptado”. Para mayor simbolismo, se casan en la capilla del colegio San Francisco Javier, bajo el gran Cristo Crucificado, una talla en madera de tres metros de altura, realizada por Julián cuando tenía 17 años. Luego, todo el pueblo, en curiosa procesión, acompaña a Margarita y el ‘novio’ a depositar el ramo de novia a los pies de la Virgen de la Hermosa.

La fábrica progresa (hoy cuenta con más de cien empleados y ha sido reconocida por su labor social de rescatar niños de la calle para darles un oficio) y a Julián y Manolo se unen en 1975 sus otros hermanos varones: Pepe, Jesús y Macario, que marchan a Brasil tras morir su padre. Pero el espíritu inquieto de Julián no se conforma: vence las reservas de sus hermanos para invertir lo que daban los muebles en la compra de tierras selváticas en la zona de Mato Grosso. Así se hacen a bajo precio con dos fincas de más de 5.000 hectáreas. “Fueron unos visionarios”, interviene en perfecto castellano aprendido en Brasil, Dolores, hija de Julián: “mientras el resto desbrozaba para dejar pastos y echar vacas, ellos vieron que unos pocos sembraban soja. Preguntaron y contrataron ingenieros agrónomos para adaptar las tierras a este cultivo, mucho más productivo y que da dos cosechas al año”.

Ahora, Julián, Manolo y Pepe tienen las tierras arrendadas (Jesús falleció hace unos años) y solo Macario continúa con la explotación.

“Nunca dejé la escultura. De la madera pasé a probar con piedra, con mármol y vi que se me daba bien”. Así fue cambiando a esculpir en piedra jabón, roca cuarzo y mármol, unas extraídas de sus propias fincas y otras provenientes de Minas Gerais. Ahora prefiere la roca o el mármol “porque no admiten errores”, y afirma: “cuando llega, yo no veo un bloque de piedra, yo veo la figura que hay dentro y quito lo que sobra para liberarla”.

Nunca ha vendido una escultura, “las dono, no puedo poner precio a algo que es como de mi familia y que mis hermanos me han ayudado a crear”. Sus trabajos adornan varias iglesias brasileñas y la Cámara Municipal de Sao Bernardo, localidad de la que es Hijo Predilecto. Pero siempre le rondó la idea de donar su obra a Fuente de Cantos “en homenaje a mi padre”.

Esta intención llegó a oídos de José Lamilla, profesor de Arte, que quiso que los fuentecanteños conocieran a este artista. Con su mediación, la familia tomó contacto con la alcaldesa Carmen Pagador. “Le pedimos que nos cediera el Museo Zurbarán para una exposición temporal, y nos dijo que no, que si la idea de mi padre era donar su obra a Fuente de Cantos, se habilitaría la ermita vecina a la iglesia del Carmen para crear allí un museo con su nombre”, explica Dolores.

Así, hace unos días las familias de Julián, Pepe y Manolo se juntaron por primera vez en 40 años en Fuente de Cantos, esperando la llegada en barco de las 27 esculturas. Las obras de arte llegaron tras un periplo plagado de enojosos trámites burocráticos el 2 de diciembre.

Tras comprobar que todo estaba en orden, la familia González regresó a Brasil. En Fuente de Cantos ha quedado el legado de Julián, en madera, piedra y mármol, con temáticas muy variadas, que dan gran protagonismo a la familia.

Dentro de unas semanas, a finales de febrero, este aventurero, el escultor de las ‘maos habeis’, regresará a su pueblo para asistir a la inauguración de su museo. Una etapa más en el camino vital de este emigrante que se marchó sin nada, pero pese a la distancia y los años, siempre tuvo en su corazón un lugar para el sitio donde vivió su infancia y su primera juventud.

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