El eco de los pájaros

El eco de los pájaros

  • El problema con los estorninos y la lucha de los vecinos despiertan el interés de los medios y traslada la situación a nivel regional

Cada mañana, cada tarde, se repite el espectáculo: nubes negras formadas por miles de estorninos que parten o se aposentan en determinadas zonas de la población, especialmente en la plaza de la Constitución y su entorno, parque Zurbarán y cementerio, aunque ya han empezado a colonizar otras zonas. Una visión que inquietaría al mismo Hitchcock.

No solo es el infernal ruido que provocan, los excrementos que cubren tejados, mobiliario urbano, ropa puesta a tender o a los propios vecinos en muchas ocasiones. No es solo que estén causando daños en las cubiertas de los edificios, provocando inundaciones al bloquear con sus excrementos los canalones, destrozos en los árboles que mueren saturados de heces, accidentes por resbalones en las zonas tapizadas de esos mismos excrementos.

Esta plaga se ha convertido ya en un problema de Salud Pública. Por un lado, porque atenta contra el equilibrio mental de quienes residen en las zonas colonizadas, que confiesan que no pueden dormir ni trabajar por el continuo ruido; por otra porque la acumulación de excrementos se considera un factor de propagación de enfermedades como la alveolisis alérgica, ornitosis, meningitis o salmonelosis, al contaminar incluso las fuentes y depósitos de agua.

Por ello, los vecinos han decidido tomar la iniciativa, y centenares de ellos ya han firmado un escrito dirigido a la directora general de Salud Pública, Pilar Guijarro. Son años ya de soportar un problema que va a más.

En el escrito se indica que el ayuntamiento tomó algunas medidas, como provocar detonaciones, colocar dispositivos que imitan el sonido del halcón y emitir por altavoces ruidos que pudieran asustar a los indeseados huéspedes. Todo ha sido en vano.

Además, se incide en que, al tratarse de una especie protegida, la Consejería responsable de medioambiente indica que no se pueden utilizar medios, digamos, más contundentes. Y es que los vecinos no piden que se elimine a los estorninos, sino que se faciliten medios para que se marchen del casco urbano y se asienten en el extrarradio.

Aluden para ello a las normativas sobre ruido y sobre salud pública, que, consideran, deben primar, puesto que lo primero es la protección de los ciudadanos.

Por ello, en el escrito se demanda a Salud Pública, como primer paso, que acuda a la localidad y constate la dimensión del problema, y en segundo lugar, que active medidas para solucionarlo.

Y es que consideran que la protección ambiental en ningún caso puede ser un motivo para poner en riesgo la salud y exponer a los ciudadanos a las enfermedades.

La denuncia ha tenido ya sus primeros efectos: medios regionales como el diario HOY o Canal Extremadura se han hecho eco de la situación, dando a conocer el problema a toda Extremadura.

El problema no es nuevo, pero se va acrecentando con el paso de los años. Primero fue la parroquia y su entorno lo que colonizaron estas aves, provocando, junto a las palomas, graves daños en la techumbre tanto de la iglesia como de las casas vecinas. Además, los excrementos bloqueaban con frecuencia los bajantes y, en caso de tormenta, causaban inundaciones. A esto se añadió la molestia por los ruidos, las heces que tapizaban las palmeras de la plaza y el suelo, e impedían tender la ropa al aire libre, etcétera. Pronto se sumaron más miembros a las bandadas y fueron colonizando otros espacios. Como referencia, el parque Zurbarán, donde se han hecho dueños absolutos: nadie se atreve ya a pasear por allí debido al ruido y al temor a ser ‘bombardeado’ por excrementos.

El problema es de tal dimensión que no hace mucho hubo que cortar varias ramas grandes, incluso algún árbol, porque las heces corrosivas de estas aves los habían secado y amenazaban con caer en cualquier momento.

También se han extendido a otros lugares. Como ejemplos, el cementerio e, incluso, zonas como el pequeño parque en la confluencia del Paseo de Extremadura y la calle Hermosa, donde un solitario árbol acoge ya a decenas de estos incómodos inquilinos.

Al tratarse de una especie insectívora (en realidad es omnívora, y si no hay insectos come cualquier cosa) está protegida. Pero lo cierto es que igual que puede beneficiar los cultivos los daña al comerse semillas, frutos y todo lo que encuentre.

Pero ¿por qué se establecen dentro del caso urbano? Parece ser que la explicación es doble. Por un lado, los edificios les ofrecen protección frente al frío. Por otro, en los entornos urbanos no hay presencia de sus depredadores, como el halcón. Y es que estas aves pueden ser dañinas e insoportables, pero no tontas: los métodos disuasorios como ruidos, llamadas simulando depredadores, estampidos… apenas dan resultado. Al poco tiempo, los estorninos saben que no hay riesgo y dejan de huir cuando suenan las señales.

Por ello los vecinos piden acciones más contundentes y eficaces. Y por ello insisten en que no se trata ya de una molestia, que tendría que bastar para tomar cartas en el asunto, sino en una cuestión de salud pública, que debe abordarse como tal.

El problema es cómo se soluciona esta cuestión. Los expertos coinciden en que se necesita una fuerte inversión y, además, tampoco se garantiza el resultado. La prueba es, por ejemplo, Logroño, donde se acaba de aprobar un plan que combina ahuyentadores de luz y sonido con el uso de rapaces entrenadas y redes vegetales, por un coste de 80.000 euros para año y medio. Sin embargo, los estorninos, como ya se ha dicho, se acostumbran pronto a estas medidas y terminan reinstalándose.

Otra, más radical, se ha llevado a cabo en Plasencia, donde se han podado los árboles, hasta dejar prácticamente solo el tronco, lo que no deja de ser una solución parcial, que no evita que se asienten en los tejados, y temporal, ya que las ramas volverán a crecer.

La mejor prueba de la dificultad para erradicar el problema es lo sucedido en Granada: los ahuyentadores acústicos no solo no han espantado a los estorninos, sino que han sumado su sonido a la algarabía de éstos, con lo que los vecinos sufren ruidos por encima de los 80 decibelios durante lo que deberían ser horas de descanso.

Sea como fuere, los fuentecanteños no están dispuestos a seguir soportando esta condena, y por ello van a exigir que sea la Administración la que diga qué medidas deben tomarse y, por supuesto, ponerlas en marcha.

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