Las Camareras de la Hermosa hacen que la Patrona luzca en todo su esplendor

Diez mujeres preparan la ermita y a la Virgen para los actos de estos días

Las Carmareras dan los últimos retoques con la Virgen ya en su trono.
FIESTAS DE LA VIRGEN

Quienes se detengan a observar el quehacer de las Camareras de la Virgen podrán comprobar que, aunque existe algo parecido a una jerarquía, con una Camarera Mayor, título que ostenta Concha Cordón, con casi un cuarto de siglo en estas labores, todas opinan, todas mandan y todas obedecen. Porque todas buscan que la imagen y la ermita estén perfectas ("a veces nos pasamos dos horas colocando la caída del manto, la posición de la corona, si el velo está así o asá, hasta que alguien tiene que decir: 'bueno, ya está, así está bien, vamos a otra cosa", explican Mami y Amparo).

Que la Virgen esté guapa, de eso se trata, aunque como dice Concha: "poner a esta Virgen guapa es fácil, porque ya lo es; lo difícil sería ponerla fea". La Camarera Mayor señala que el primer trabajo que se realiza en este final de agosto es limpiar los dorados de la ermita, lavar los manteles y pulir la plata. Luego toda su dedicación pasa a la Patrona. "En los últimos días, sobre todo el 8, contamos con ayuda, porque muchas personas, sobre todo las 'vecinas' de la Virgen, vienen a colaborar adornando la iglesia y el paso para el día grande".

Eso sí, echa de menos más implicación de la gente joven. "Esto no es un club cerrado, aquí se agradece la implicación de todas, porque algunas tareas, como subir y bajar a la Virgen del trono o el trabajo de los días últimos antes de la fiesta necesitan brazos jóvenes", comenta. ¿Y qué se ofrece a cambio? "Una experiencia preciosa, de convivencia intensa entre todas, que te permite conocer mejor a gente que ahora solo saludas por la calle, además de poder plasmar en algo útil tu devoción por la Virgen, y vivir momentos de emoción inolvidables".

Entre esos momentos, Concha se queda con uno: "hace unos años, cuando estábamos preparando a la Virgen, llegó una mujer y nos dijo que quería verla. Subió al camarín, porque en ese momento la habíamos bajado del trono para arreglarla, y se abrazó llorando a la Virgen, pidiéndole que su hija, gravemente enferma, se curase. Paramos nuestras labores para que esta mujer tuviese tiempo de decirle a la Hermosa todo lo que quería decirle, y fueron momentos de muchísima emoción. La pena es que con la conmoción olvidamos preguntarle quién era. No hemos sabido más de ella, sólo que es de Fuente de Cantos y tiene un bar en Sevilla".

De entre los objetos de la Virgen, Concha elige algunos por su valor sentimental, como el manto que bordó todo el pueblo o "uno pintado a mano que es mi preferido, bellísimo", aunque, por encima de ellos se queda con el medallón que la Patrona luce en su recorrido por el pueblo, un relicario "que dentro guarda la carta de una señora dando las gracias a la Virgen porque su hijo había vuelto con vida de la guerra".

Y, como no, la Camarera Mayor destaca la devoción de algunas personas "que ni te puedes figurar, y regalan flores y velas para adornar el paso y la ermita".

Pero es hora de dejar la charla. El tiempo apremia y hay que volver a subir a la Virgen a su trono tras colocarle manto, corona y velo, una labor delicada porque de que esta acción se realice perfectamente coordinada depende que el trabajo realizado no se descomponga a última hora. Desde el altar, varias Camareras guían la operación hasta que la imagen queda derecha mirando a los fieles y todos sus ropajes y adornos en perfecta disposición. Entonces toca retirarse y dejar que los fuentecanteños vuelvan a encontrarse con su Patrona.