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"Ni yo mismo sé muchas veces dónde termina la guitarra y empiezo yo"

"Ni yo mismo sé muchas veces dónde termina la guitarra y empiezo yo"

Jerezano de nacimiento y fuentecanteño de adopción, Domingo Díaz es un guitarrista autodidacta, formado a base de horas y horas de ensayos solitarios. Puede preciarse de haber acompañado a los mejores y también de ser el único artista que ha participado en todas las ediciones del Otoño Flamenco. Este año, repetirá.

Juan Carlos Zambrano

Jueves, 5 de octubre 2017, 09:43

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-¿Cómo empezó con la guitarra?

-Siendo muy joven vivía, por el trabajo de mi padre, en una finca de Jerez, y siempre me gustó el cante, y de ahí llegué a la guitarra, en una evolución natural. Pero eran otros tiempos y no me la podían comprar.

-¿Y cuál fue entonces su primera guitarra?

-Mi primera guitarra fue un laud (sonríe). Le explico: por la finca donde vivíamos pasaba un gallego, todo un personaje, llamado José Caballares, que al ver mi afición cogió un laud que tenía, le quitó seis cuerdas y me lo dio para ensayar. Luego logró convencer a mis padres de que me compraran una guitarra, que costó 2.000 pesetas, una fortuna en el año 75.

-¿Cómo fue aprendiendo?

-A solas. Recuerdo que en el camino a la finca en Jerez había un frutero aficionado a la guitara, Fernando Chaves, apodado el cojo, que daba clases. Un día cogí valor y entré en su casa y le pedí que me orientase. Arrancó una hoja de una libreta, puso ocho acordes y me los dio. Con eso me arreglé ensayando, machacando, con constancia y afición. Entonces no había medios.

-¿Y después?

-Al cabo de los años mi padre se vino a trabajar a una finca cerca de Fuente de Cantos, y yo contacté con Paco Suárez en Zafra, que no me llegó a dar clases pero sí me orientó. La guitarra ya era parte de mi hasta el punto que no sé donde acaba ella y empiezo yo. Llegaba de trabajar y me iba al parque Zurbarán, a tocar horas y horas porque me servía de terapia, me hacía desconectar de todo, y aún hoy es así.

-¿Nunca recibió clases?

-Apenas. Fui dos veces a un profesor en Badajoz, pero no me gustó, sobre todo porque un día pregunté por qué una cosa se hacía de un modo y me dijo que se hacía así porque lo mandan mis cojones. A mi eso no me vale, y no volví. Luego también fui alguna vez a Sevilla, con Rafael Mendiola, que me costaba cada clase 10.000 pesetas y decían que estaba loco, pero es que cada clase de aquel hombre valía por años de aprendizaje en solitario. Pero sobre todo, empecé a comprar vídeos, a descubrir, porque el gran problema de quienes aprendemos así es que no sabes si vas bien o vas mal, yo por ejemplo no sabía que era un compás, o si fallaba yo o el cantaor ahora lo sé.

-¿Alguna actuación que recuerde especialmente?

-Muchas, desde que empecé en los homenajes a Manuel Yerga, y luego con el Otoño. Para mi todo el que se sube a un escenario tiene que ser especial. Yo he pasado por eso, por los nervios, más en mi caso que nunca tocaba en público, la inseguridad, por eso no puedo valorar a unos más que a otros. Sí recuerdo como anécdota que un día me tocó acompañar a un cantaor de Montemolín, El Doraíno, y aquel día el hombre no estuvo nada bien, casi me vuelve loco, hasta el punto de que al final me dijo: enhorabuena, has tenido el valor de seguirme con lo mal que lo he hecho. Paco Zambrano todavía me lo recuerda alguna vez.

-¿Algún guitarrista que le sirva de referencia?

-Más que de referencia, de admiración. Me explico: cada cuál ha de buscar su estilo y no imitar. Pero indudablemente, Paco de Lucía es una referencia por el modo en que cambió las cosas en el mundo de la guitarra, y por saber ser concertista y también acompañante, lo que no es nada fácil: muchos pasan a concertistas y se complican demasiado, se van del flamenco. También en este sentido Manolo Franco es una referencia, y como acompañante, como no, Paco Cepero.

-¿Cómo ve ahora el mundo de la guitarra?

-Ha evolucionado mucho, para bien y para mal. Para bien porque con las técnicas y las enseñanzas de hoy quien tiene oído y no aprende es porque no quiere, ahora hay muchísima calidad. Para mal porque se ha impuesto la titulitis, despreciando a quienes hemos aprendido por nuestra cuenta. Mire, le cuento una anécdota: cuando pusieron la cátedra de Córdoba, quienes examinaron a los primeros titulados era gente que no tenía título. Pues bien, cuando tuvieron título denunciaron a quienes les examinaron porque no lo tenían y no debían ejercer. Otro punto negativo es como he dicho la complicación que se da ahora que desvirtúa el flamenco, y la imitación, la falta de sentimiento. Decía Paco de Lucía que la guitarra flamenca eran cuatro acordes la-sol-fa-mi y con eso hay que jugar, hay que crear. Mucho se han olvidado de esto.

-¿Cuál es su sueño?

-Sinceramente, seguir haciendo lo que hago, seguir aprendiendo y sobre todo seguir contento con mi trayectoria, con mi evolución y mi trabajo.

-¿Y qué ha supuesto para usted el Otoño?

-Muchas satisfacciones, y el orgullo de ver cómo trabaja gente como Paco Zambrano, que me ha ayudado muchísimo, y la Peña Flamenca. Lo que sí lamento es, y así tengo que decirlo, el trato de gran parte de este pueblo a este festival. No apreciamos lo que tenemos. Un festival así es muy difícil de ver en cualquier sitio y da pena la respuesta de la gente. Hay mucha afición de taberna, de quince días antes de la romería, pero luego no acuden a una cita que tiene una calidad altísima. No lo entiendo.

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